Entro a la casa y la veo sentada frente a la chimenea encendida.
-¿Por qué haces eso?- Pregunto.
-¿Qué? ¿Esto, el fuego? Querido, tenía frío, hice chocolate y prendí la chimenea-
-Pero sabes que soy bombero-
-¿Y eso qué?-
-Pues que odio el fuego, lo detesto en verdad-
-Eres muy radical, además no todo el fuego es malo, sirve para calentar, para asar, para cocinar-
-Si tenías frío ¿por qué no te pusiste una manta, hiciste ejercicio, prendiste la calefacción o me esperaste en la cama para que yo te calentara?-
-Si quieres vamos a la cama para que me calientes- Dijo con voz seductora, se levantó y fue hacia mí.
-Ese no es el punto. El fuego quema, consume, destruye- Su gesto se puso serio, yo estaba enojado. Me abrazó.
-Ya, calmado. Ahorita que se caliente la sala lo apago-
-¿No lo vas a apagar ya? ¿Y cómo quieres que me calme si hay fuego de mi casa?-
-Olvídalo- Se fue caminando hacia el pasillo que daba a nuestra recamara. Gritó:
-También hay cuchillos en tu casa, alguien podría cortarse-
-¿A dónde vas?-
-A la cama a dormir y no espero visitas-
-¿Y el fuego?-
-Apágalo tú, tú eres el bombero-
Ella no lo entiende. No hay mucha diferencia entre un poco de fuego dentro de una casa, como el de la chimenea, o en magnitudes grandes como el que la destroza y me pagan por apagar. Ella no lo entiende. Tienen el mismo potencial, el pequeño necesita un empujoncito para crecer y quemarlo todo. Ella no lo entiende. Lo apagué.
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