Un poeta famoso, anciano y con proximidad al otro mundo, es entrevistado para recapitular algunas escenas de su vida y hacerle preguntas sobre las conclusiones de sus reflexiones en retrospectiva.
Él cae en lugares comunes y en ocasiones se postula en algún lado de discusiones interminables sobre la vida o el arte. Menciona que en su opinión habría que aprender a librarse de la opinión social, una práctica de la vida enfocada a los objetivos de uno mismo, y con visión a beneficios comunitarios; comenta también que cree que el arte nace de la emoción, y es algo ajeno al artista, que él es un instrumento de la inspiración. Dado esto último, se le pregunta que qué es lo mejor que ha escrito por o para la inspiración, o si es que es cuantificable, o él lo cuantifica. Él responde que, en efecto, sí es cuantificable, y si no lo es, él sí lo cuantifica, y que sabe muy bien qué es lo mejor que ha escrito. Entonces, emocionados por oír la opinión del poeta sobre su obra, pensando que al publicarse serían el primer medio que consiguió sacarle una conceptualización así y en la venta que produciría la decisión del poeta, se le interroga que cuál poema o libro o compilación considera su mejor obra. Él, sonríe como un niño pícaro que hizo una travesura y está orgulloso, y dice "Son una serie de escritos cortos, historias, episodios, poemas, canciones y frases que nunca publiqué, fui pasandolos al papel como me llegaban a la mente, y se las entregué a cierta mujer, que ella, era la verdadera responsable de ellos, y su dueña, no la inspiración, no yo, no ustedes, y se los entregué, ella habrá sabido qué hacer con ellos".