domingo, 30 de noviembre de 2014

Una estrella fugaz.

Cuando le vi marcharse, lo comprendí. Fue siempre tan claro, pero uno es algo ciego para las cosas esenciales. Él no era un humano, no. Por eso se maravillaba tanto con nuestra naturaleza, con nuestros hábitos, pero al mismo tiempo no se entendía, no se comprendía como uno más, ni se reconocía igual. Él era una estrella fugaz. Traducido a nuestro entendimiento se le podría llamar trotamundos. Un ser que va de un lado a otro, que su condición nata es viajar, eso es él. Es una parte maravillosa de la naturaleza, a la cual no le hayamos sentido, pero que está, y es bella. Todo a su paso se va iluminando, él va por allí con su inocencia, siendo él, siendo lo que es, y los demás, que somos oscuridad, nos alumbramos. Va vagabundeando y aprendiendo, donde para, si es que así se le puede llamar, pues lo hace solamente de forma física, divulga el conocimiento de millones de años de viajar por el espacio, cosas que nosotros, como oscuridad, como polvo de estrellas, o como meteoroides, no conocemos ni alcanzamos a ver. No olvidaré nunca este día, que lo vi partir, con el cabello desalineado, con una barba de días sin cortar, sus anteojos, pues necesita adaptar su visión universal a la de nuestro plano existencial, y su mochila al hombro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario